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Había una vez en un rincón brillante del océano, un pequeño pulpo llamado Oli. Oli tenía ocho tentáculos muy ágiles y una mente llena de curiosidad, pero también un genio muy corto que se encendía como un volcán submarino. Cada vez que su mamá le pedía que ordenara su jardín de esponjas o que dejara de jugar para ir a cenar, Oli no usaba palabras; en su lugar, soltaba un grito burbujeante tan fuerte que hacía vibrar las conchas de los caracoles vecinos. Al gritar, Oli lanzaba sin querer una nube de tinta oscura que lo envolvía todo, dejando a sus padres confundidos y tristes en medio de la oscuridad.
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Un día, mientras exploraban la Cueva de Cristal, Oli se molestó porque su papá le pidió que nadara con más cuidado. Sin pensarlo, el pequeño pulpo tomó aire y soltó el grito más potente de su vida: —¡DÉJENME EN PAZ!—. Pero en esa cueva, el sonido no se desvanecía. El grito de Oli rebotó en las paredes de cristal y regresó hacia él transformado en un eco estruendoso que lo asustó muchísimo. Al ver el agua enturbiada por su propia tinta, Oli se dio cuenta de que su grito no solo hacía ruido, sino que levantaba muros invisibles que lo alejaban de las personas que más lo protegían.
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