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Había una vez un niño llamado Lucas al que no le gustaba terminarse la cena. Siempre dejaba trozos de zanahoria o media manzana en el plato, diciendo que ya estaba lleno porque prefería irse a jugar. Un día, mientras miraba con desgana un arbolito de brócoli que pensaba tirar, escuchó una vocecita que venía de su plato. Para su sorpresa, el brócoli abrió unos ojitos brillantes y le dijo: "¡Espera, Lucas! Antes de lanzarme a la basura, déjame contarte mi gran aventura".
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El pequeño brócoli le explicó que, para llegar hasta su mesa, había realizado un viaje larguísimo y lleno de esfuerzo. "Primero fui una semilla diminuta", dijo el vegetal con orgullo. "Un granjero me cuidó con mucho cariño, me dio agua cada mañana y el sol me regaló su calor durante meses para que yo pudiera crecer fuerte y lleno de vitaminas solo para ti". Lucas escuchaba con los ojos muy abiertos, dándose cuenta de que su comida no aparecía por arte de magia en la cocina.
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