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Había una vez un pequeño pueblo llamado Villa Serena, donde vivía Leo, un niño que descubrió un secreto asombroso: cada vez que realizaba un acto de amabilidad, sus zapatillas se iluminaban y le daban la velocidad del viento. No necesitaba una capa ni una máscara de metal, pues su poder nacía de su gran corazón y de sus ganas de ayudar a los demás.
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Un soleado martes, el travieso Viento Gruñón decidió soplar tan fuerte que se llevó todos los globos y sombreros de la fiesta del parque, dejando a los niños muy tristes. Leo no lo pensó dos veces; ajustó sus cordones mágicos y, con un destello azul en sus pies, corrió tan rápido que parecía un rayo de alegría cruzando el césped.
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