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Había una vez, en un reino rodeado de nubes de algodón y ríos de agua cristalina, una pequeña princesa llamada Liana. A diferencia de otras princesas que pasaban el día en los salones del castillo, a Liana le encantaba explorar el bosque encantado que bordeaba su hogar. Siempre llevaba puesto un vestido verde que le permitía correr entre los árboles y unas botas de cuero ideales para saltar en los charcos mágicos. Su mayor sueño no era usar pesadas coronas de oro, sino descubrir de dónde venían las mariposas luminosas que bailaban por las noches cerca de su balcón.
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Una tarde soleada, mientras buscaba bayas dulces cerca del Gran Roble, Liana escuchó un suave llanto que provenía de un arbusto. Al acercarse con cuidado, descubrió a un pequeño dragón bebé que tenía un ala enredada en unas ramas espinosas. El dragoncito, que era del tamaño de un cachorrito y tenía escamas de un hermoso color azul brillante, la miró con ojos grandes y asustados. Liana, demostrando su gran valentía y su corazón bondadoso, le habló con voz muy suave para calmarlo mientras desataba las ramas una por una hasta lograr liberarlo.
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