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Había una vez un conejo llamado Astor, cuyo pelaje no era blanco ni gris, sino del color de las nubes al atardecer, cambiando de tono según su estado de ánimo. Astor no vivía en una madriguera común, sino en el hueco de un roble milenario que goteaba miel de estrellas. Lo que lo hacía especial no era solo su aspecto, sino el hecho de que cada vez que estornudaba, pequeñas flores de cristal brotaban del suelo de forma instantánea.
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Un día, Astor notó que el bosque de Valleclaro perdía su brillo; los árboles se volvían cenicientos y el río de plata se estaba secando. Preocupado, el pequeño conejo decidió emprender un viaje hacia la Cima del Eco, el único lugar donde el viento guarda los secretos de la tierra. Con cada salto que daba, Astor dejaba un rastro de chispas violetas que iluminaban el camino para los demás animales asustados.
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